jueves, 12 de noviembre de 2009

Hermanado

O así. No quería decir «mi hermano» o «hermanón», como dice él en alguna de sus novelas. Entre otras razones, porque no soy su hermano y si lo hubiese sido, no me habría largado a París «para hacerme escritor» ni por un millón de Prousts. Ni, por supuesto, porque no soy un fin de race, que hubiese dicho su exesposa (probablemente bien cargada de patas de gallo y de millones en el banco: el derecho de propiedad se disfruta con más profundidad después de haber sido marxista y de haberle mentado la madre a tu exmarido burgués, por muy blue-blue-blue que se ponga).

Llamémosle un cierto sentimiento de afinidad y dejémoslo ahí. Digamos que me siento hermanado con ese asombro con patas llamado Martín Romaña (y en lo que cabe, con su alter ego, Alfredo Bryce Echenique). Al menos en dos cosas: en que su «detesto molestar» se convierte en fuente inagotable de problemas, tanto para él como para mí. También tengo la capacidad que tiene él de volverse loco un rato y dejar que los problemas crezcan hasta que sólo otra persona y grandes dosis de drogas legales puedan con ellos.

Y la otra es que la mayor parte de las veces me ha tocado lidiar con mujeres ante las cuales he perdido edad y estatura (después sí, pero en el primer momento Maggie no te quería ayudar, so cojudo). La bizquera. Eso era lo más horroroso de todo. Una de ellas me bizqueaba hasta cuando dormía conmigo (o yo con ella, que no es lo mismo aunque lo parezca). Las dulces promesas trocaron en agrios reproches y prolongadas bizqueras, hasta que aquella mujer, simplemente, dejó de verme. Y yo dejé de verla también. Y lo que es peor: me importó una eme dejar de verla, cuando el sentimiento que hubo antes fue ocupado casi por completo por el miedo y un blues en la trompeta del gran Miles Davis (sí, ya sé que a Bryce Echenique igual no le gusta Miles y que prefiere a Gardel; pero estamos hablando de mi libro, ¿no?). Ya no pude soportar por más tiempo aquella bizquera (nada de bizqueritas como las de Bryce: B-I-Z-Q-U-E-R-A-S, con MAYÚSCULAS) y me declaré vencido en aquel combate mudo.

Bueno, pero él puede consolarse pensando que su amigo del alma, Jaime Dibós, ya no podrá andar por ahí  diciendo «Alf es comercialmente cero». Todo un Premio Planeta, ¿sabe usted? Sin contar con todos los demás premios que haya podido ganar. En cambio un servidor sigue siendo comercialmente cero, o más bien, less than zero, porque hasta el momento presente mi vida ha sido una eterna sucesión de números rojos, más rojos que sus compañeros del Grupo de Lecturas que allá quedó enterrado en París y Mocasines, que seguramente viste ahora de Gucci porque los mocasines serían muy revolucionarios pero nada cómodos, carajo. Y trajes hechos a medida, porque con lo gordísimo que está los trajes de pobre ya no le entran.

Pero lo mejor de todo es que ahora Bryce Echenique es Bryce Echenique, sin formar parte de ningún boom hispanoamericano (a la mierda el vocablo latinoamericano, inventado por los enemigos de todo lo español). Bryce Echenique se define ahora por sí mismo y ha conseguido ser, al fin, el Marcel Proust de su mamá, doña Elena Echenique y no me meta usted en el mismo saco que a esa pandilla de cojudos a la vela, porque yo escribo mucho mejor, sobre todo desde que dejé el marxismo arramblado en alguna parte del camino entre La Habana y Santiago de Cuba. Que en los buenos tiempos ser hispanoamericano, escritor y comunista eran una misma cosa, visto lo visto. Todo en una pieza y en París les jeunes filles perdían la cabeza por esos escritores que les hablaban del Machu Pichu y de El cóndor pasa con entusiasmo.

Hoy nada queda de eso. Ni siquiera el Muro. Y sin embargo, intentar imaginar cuál es la verdad de los personajes de Bryce puede ser un pasatiempo divertido e intrascendente. Tiene cierto parecido con Stephen Vizinczey, el de En brazos de la mujer madura: los capullos de la revista alemana Stern se gastaron una millonada en intentar averiguar algo –cualquier cosa, en realidad– de cualquiera de las amantes del autor que aparecen en el libro: Maya, Boby, Ann Macdonald… sin conseguir nada en absoluto. Por ejemplo, me hubiese gustado saber quién había detrás del pseudónimo «Trini»; lo que intuyo, casi con seguridad, es que no se trata de Marcia Leiseca (dudo mucho que Bryce Echenique, con lo que confiesa haber llegado a beber, se hubiese agenciado una camarada compañera con semejante apellido).

Y ése es uno de los pequeños triunfos de Bryce Echenique, mi hermanado Martín Romaña: conseguir que aceptemos lo que él nos cuenta de las personas que ve pasar por su vida, sin saber en realidad si lo que nos cuenta es verdadero o falso. Probablemente él es un escritor para quien «la verdad desnuda no tiene atractivo alguno». La verdad que él ve, en todo caso, es una verdad desnuda paseándose por los espejos de la calle del Gato. Y así nos lo deja escrito a nosotros.

Por eso es mi hermanado. Porque la única forma de que la verdad no duela es pasearla por los espejos de la calle del Gato.