viernes, 13 de julio de 2007

Casa Doce

Supongo que le ha podido pasar a más gente. Personas que, en un momento determinado, desaparecen de la vida pública por aquello del agobio, la sobreestimulación y el cansancio de ser siempre alegre, sonriente, divertido y a ratos moderadamente insustancial, por aquello de que la "seriedad" y la "pesadez" van unidas. Hay algo que las impele a, simplemente, contemplarse a sí mismas. Tal vez a escribir, a componer, a leer... pero lejos de las miradas de la gente. Mirar. Mirar hacia adentro en vez de hacia afuera. Intentar encontrar unas raíces que no tienen nada que ver con el terruño y afianzarse en ellas.

Y uno se encierra. Busca aquellos lagos interiores donde respirar para sí. Aquellos parajes verdes del fondo de los mares donde el gruñido incomprensible de la cháchara de tanta gente queda amortiguado. Donde uno puede reponer la energía espiritual a su propio ritmo...

En esta sala de los espejos
soy apenas nadie.
Miles, millones de reflejos
son las vidas paralelas
que puedo estar viviendo
en millones de instantes.
Tengo miedo a soltarme,
a ir a la deriva.
Pero he descubierto
que sufro más
agarrado que suelto.

Pues habrá que soltarse, claro. No sin antes haber estado a punto de enloquecer buscando cuál sea el reflejo verdadero. Y que una mano pueda ayudarle a uno a salir del laberinto.

1 aleteos:

Ana dijo...

Jamás vamos a la deriva...nos conducimos de la mano de nuestro propio yo, ese que nos hace escribir estas palabras, que es nuestro mejor amigo, en el que confiamos... y usamos el código que aprendimos juntos, ese que nos dice que por muchas manos que nos tiendan, siempre necesitamos estar en paz con él, con ella...
El que nunca nos falla, y al que nunca valoramos lo suficiente...
Vé de su mano, pero no olvides que siempre te queda la 'izquierda' para estrechar la mía, que se tiende...
Ana