martes, 6 de febrero de 2007

Ingeborg

Hay nombres que producen una extraña resonancia en nosotros, cuando los pronunciamos. Pueden ser tales como Adolfo, o Roberto, o Irene, o Lucía. A mí me produce una extraña sensación éste de Ingeborg. No sé por qué. Quizá también porque suena recio y fuerte, como nombre germánico que es. Quizá, también, mi fascinación por el norte tenga bastante que ver. Nunca se puede decir "de este agua no beberé", preo creo que no iría a congelarme por gusto en los fiordos noruegos, sólo por "fascinación". Para mí, el norte siempre tuvo esa fascinación; físicamente creo que me daría miedo estar allí. Las grandes extensiones blancas, el frío polar (literal)...

Es, como siempre, la tensión entre la realidad y el deseo, que diría Luis Cernuda. Uno ve las postales de los fiordos, o algún documental en la televisión, lee a Ibsen (más raro pero no imposible) o escucha la música de Edvard Grieg (tiene una producción más o menos extensa, pero es universalmente conocido por su música incidental para Peer Gynt, una de las obras más conocidas de Ibsen) y dice: "Hermoso". Diferente es, por supuesto, estar allí y comer pescado azul todos los días (sanísimo pero nada variado, oiga), o salir tan abrigado a la calle hasta parecer una morcilla.

Quizá sea mejor dejar reposar ese sueño y retomarlo en otra vida, porque como dijera Serrat,

Qué le voy a hacer, si yo
nací en el Mediterráneo.

Y soñar es gratis. En cambio, viajar con SAS (Scandinavian Airlines) es simplemente carísimo.